Asunción, 18 abr (EFE).- El exsenador Mario Abdo Benítez se presenta a sus 46 años a la Presidencia de Paraguay como una figura renovadora de la política, pero respetando las esencias conservadoras del gobernante Partido Colorado en el que se ha formado como político.

Abdo Benítez disputará la Presidencia el 22 de abril con el presidente del opositor Partido Liberal, Efraín Alegre, líder de la alianza opositora Ganar, que congrega también a la concertación izquierdista Frente Guasu.

Hijo de quien que fuera secretario privado del dictador Alfredo Stroessner (1954-1989), el candidato nunca ha renegado de esos orígenes, si bien en ocasiones ha sido criticado por no condenar con contundencia esa dictadura.

Es, en cualquier caso, un “pura sangre” colorado que el pasado diciembre se impuso en las elecciones internas al exministro de Hacienda, Santiago Peña, que estaba apoyado por el actual presidente, Horacio Cartes.

La victoria supuso la consagración de un colorado de casta que perseveró para hacerse con la candidatura a la Presidencia mediante “Colorado Añeteté” (Colorado Auténtico, en idioma guaraní), el movimiento “disidente” enfrentado a la corriente que representaba Cartes.

Esa senda a la Presidencia la inició cuando tenía todo en contra, al perder en 2015 las elecciones por la presidencia del Partido Colorado contra el diputado Pedro Alliana, el candidato que respaldaba Cartes.

Lejos de amilanarse, Abdo Benítez lideró desde el Senado al grupo de “disidentes” que abiertamente frenaron proyectos de un Ejecutivo que, según esa corriente, dependía de figuras no afiliadas al partido ni comprometidas con la familia colorada.

Su mayor enfrentamiento con Cartes llegó el pasado año, cuando se opuso al proyecto de habilitar la reelección presidencial, impulsado por el ala mayoritaria de la formación para lograr un segundo mandato del jefe del Ejecutivo.

Abdo Benítez y su grupo se aliaron con parte del Partido Liberal y senadores de partidos minoritarios para frenar ese intento de reelección, que fue enterrado tras los violentos sucesos del 31 de marzo, cuando manifestantes quemaron parte del edificio del Congreso.

Horas más tarde, en una traumática noche de violencia, la Policía allanó la sede del Partido Liberal, hecho en el que murió un joven militante por el disparo de un agente.

Luego vendría su triunfo sobre Peña y ya hace unos meses su reconciliación con Cartes, con quien escenificó el “abrazo republicano” para unificar fuerzas y no dejar escapar la Presidencia el 22 de abril.

Pese a que se ha manifestado contrario a la reelección presidencial, y a que le separan otras cuestiones políticas de Cartes, coincide con el mandatario en su defensa de la familia tradicional paraguaya, lejos de la idea progresista de género, matrimonio igualitario o aborto.

Durante su campaña ha repetido que necesita una mayoría suficiente en el Congreso para “vetar” cualquier ley que se proponga durante su Presidencia que pueda perjudicar a la familia tradicional.

Otros ejes de su propuesta se centran en la lucha directa contra la corrupción en las instituciones, principalmente en la Justicia, que en la última etapa de Cartes se ha visto salpicada por casos de tráfico de influencias entre los diferentes poderes del Estado.

Ha hecho además énfasis en la necesidad de una política de inversión y desarrollo que elimine de una vez por todas las serias fallas del sistema sanitario y de educación del país, por debajo de la media mundial según organismos internacionales.

Ello siempre con la promesa de mantener a Paraguay bajo la senda del crecimiento económico de la era Cartes, con estimaciones del 4,5 % para el 2018 según el Banco Central del Paraguay (BCP).

Pero haciendo énfasis en que esa salud macroeconómica tenga impacto en la microeconomía, es decir, en los bolsillos de los ciudadanos de un país lastrado por las desigualdades sociales.

Es el compromiso de alguien que estudió desde los 16 años en Estados Unidos, donde se licenció en márketing, mientras Paraguay vivía la dictadura de Stroessner.