Las precarias estructuras de chapa y madera en el centro de Asunción donde viven los desplazados por la crecida del río Paraguay, lucen estos días engalanadas con pesebres, árboles de Navidad, guirnaldas y luces de colores, su forma de festejar la Nochebuena fuera de sus inundadas casas.

Ello contrasta con el otro colectivo que está acampado enfrente de esos desplazados, un grupo de familias indígenas que protestan desde hace semanas por el despojo de sus tierras en la plaza de Armas, en la que también pasarán las fiestas, aunque sin celebraciones y en condiciones de extrema pobreza.

El ajetreo que llena las chabolas que los refugiados de las inundaciones han levantado, fue sustituido este lunes por la tranquilidad que otorga el que la mayoría de esos afectados estén ocupados preparando la cena de Nochebuena.

Comilonas en las que abundan el “pollo, asado, sopa, un poco de chancho (cerdo), un poco de todo, ensalada, gaseosita”, detalló a Efe Carolina Benítez, una de las refugiadas de las inundaciones en el barrio de La Chacarita, y que pasará la Nochebuena en su improvisado chamizo.

Guisos que ya por la mañana comienzan a humear y cuyos aromas se mezclan con el olor a pólvora provocado por el continuo estallar de pequeños petardos, con los que los niños de ese barrio de chabolas anuncian la Navidad.

Benítez contó que para festejar la Nochebuena “hacemos una cena familiar, con mi mami, con mis niños y le prendemos la velita (al niño Jesús) como es normal” y después, añadió, “un poco de bailongo” para continuar la fiesta en la madrugada.

La mujer adornó su precaria casita con un pintoresco pesebre, que, a parte del nacimiento de Jesús, contiene figuras de Papá Noel, la “Virgen María y a la Virgencita de Caacupé, que yo digo que son mis protectores”.
Señaló además que, aunque su pesebre no lo tiene, “normalmente” hay que poner comida en el mismo.

Y relató que para ello es conveniente adornarlo con la chipa (el panificado hecho a base de almidón de mandioca y queso duro que es el santo y seña de la gastronomía paraguaya), que se cree que protege la salud.

Además de con fruta, en este caso “para tener abundancia al año”, según Benítez.
Es el precepto que sigue la señora Alberta, autora del mayor pesebre del campamento, que ocupa casi una estancia entera de su vivienda, quien comentó que le añade chipa por ese motivo, aunque confesó que “nos las comemos a la noche”.

Ambas mujeres son las cabezas de unas de las 7.800 familias que, desde octubre, se vieron obligadas a abandonar sus hogares en los barrios ribereños por la crecida del río Paraguay.

Pese a que el nivel del agua está remitiendo, los afectados no podrán regresar a sus casas hasta después de la nueva crecida, que se espera para el próximo marzo.
Diferente suerte de esos desplazados corren los indígenas acampados enfrente, en carpas de plástico que evidencian su carencia de recursos para que esta Nochebuena sea un día especial.

Una de las indígenas asentadas desde hace un mes, Carolina Romero, lamentó que “no tenemos nada para celebrar” porque “somos muy pobres” y explicó que permanecerán en la plaza, situada junto al Congreso, por tiempo “indefinido”.

Sí han adornado el campamento con una especie de árbol de Navidad adornado con bolas de cartulina en cuyo interior hay imágenes de políticos que consideran “corruptos”.

Cerca de una veintena de familias indígenas, procedentes del departamento de Canindeyú, permanecen acampados como medida de presión al Gobierno para que les proteja del despojo de sus tierras que dicen sufrir por parte de las compañías cultivadoras de soja, en connivencia, según ellos, con el Poder Judicial.

También exigen la destitución de la presidenta del Instituto Nacional del Indígena, Ana María Allen, al considerar que desconoce su función y no defiende sus intereses frente a esas empresas.

La población indígena de Paraguay asciende a unas 120.000 personas, el 76 % de las cuales vive en situación de pobreza extrema, según datos oficiales, debido especialmente a la expropiación de sus tierras.